Se fue y me dejó con un par de canciones, llenas de su calor, su aliento, llenas de esa noche idílica. Una noche que añoraba, que estaba esperando, que se fue para no volver nunca y el dolor empezó a correr por mis venas como las canciones por mis oídos.
Una mujer de cabello oscuro, como sus ojos, mirada penetrantes y mejor sonrisa se me apareció como un destello en la noche, una constelación vorágine en el oscuro cielo pero se acabó marchando.
La primera vez que la vi me hallaba en otro mundo, en otra época, i esa estrella no significaba nada para mí, pero enseguida le vi algo especial, conectábamos.
Después ocurrió la primera mejor noche con ella, cuando pude recorrer despacio su alma, una noche llena de miradas y conexiones. El camino de esa noche estaba lleno de complicidad, de un adiós que no tardaría en aparecer, pero acabó apareciendo. No os engañéis, no fue un adiós triste, y el saber de sus labios en el aire dibujaron un hilo de éxtasis.
Al día siguiente, la pequeña estrella no brillaba con tanta fuerza, pero seguí ahí, en el cielo, con la misma complicidad que antes, haciendo un momento un destello fugaz, pero se produció entonces un adiós inesperado, un adiós triste, que separó de mí el hilo de sus labios en el aire.
Otro aire pasó entonces entre sus labios y los míos, un aire que no era ni parecido al otro, uno que hacía distancia entre todos, que era frío e inalcanzable. Pero la estrella aún estaba ahí, tan solo que tapado por una nube de gas helado.
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