Y todo pasa.
Ves la vida que te pasa por delante, en medio de esperanzas que se difuminan con las lágrima que vas derramando día a día. Que no puedes salir de aquí, que no puedes avanzar, que solo puedes moverte por estas pautas ya marcadas y te ahogas. Te ahogas en un profundo malestar lleno de soledad y personas vacías que son simplemente las marionetas que se les ha ido sus almas, lejos de ti, de tu cuerpo y tu mente. Cuando tú solo quieres que alguien esté ahí, que te comprenda, que te seque las lágrimas y te diga que un día volarás, un día saldrás de esta prisión y podrás ser libre, con tus sueños, tus metas y tus observaciones.
Porque, de verdad, yo solo he venido a este mundo a observar. Y cuando se me denega eso, es cuando viene el llanto. Que no puedo tomar mis propias decisiones, que no puedo disfrutar de los años, que se rompe cada sentimiento como cuando se rompe una hoja vieja. Ves la vida sin ningún propósito, una vida llena de parámetros y limitaciones que han convertido a este mundo en un mundo autómata en el que la gente sigue sin protestar las leyes que te imponen.
Que te imponen unas normas vitales para tu existencia que van más allá de todo, que no puedes difrutar del estado de natura y tienes que conformarte con aquellos pequeños placeres de la vida, tan efímeros como tus sueños.
Qué más da, si te encuentras sola, si nadie quiere en realidad estar a tu lado, si nadie quiere ver las cosas como deberían ser.
Todo está lleno de mentiras, todo. Tanto en los medios, como en las personas. El agua salada que está en nuestro interior es solo sombra que al despertar ya se ha evaporado, una ilusión que hace de vivir una experiencia más a la lista de decepciones.
Cuando empiezas a pensar en esto, las emociones viajan por tu mente y solo tienes ganas de llorar y escribir.
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